ZAPPING

Haciendo un recorrido por la programación de los diferentes canales de televisión obtenemos una amplia visión panorámica de la realidad social y cultural en que habitamos. Sin duda, la televisión hoy se hace pensando en el gusto de la mayoría. Los niveles de audiencia se miden a diario y deciden si un programa se mantiene en antena o no. Por tanto, podemos afirmar que la televisión es democrática, y el resultado está ahí, a la vista, en las pantallas.

 

De las innumerables actividades a las que uno puede dedicar el tiempo libre, ninguna es más aburrida que la de ver la televisión. En realidad ni siquiera es una actividad, sino más bien inactividad. Nuestra anatomía se desparrama en el sofá adoptando inevitablemente una postura indigna, cuando no infame. La actividad cerebral se ralentiza en las circunvoluciones de nuestra desamueblada azotea mientras la expresión de nuestro rostro refleja una combinación de perplejidad y sopor que anticipa un profundo sueño, lícito y comprensible recurso defensivo ante semejante agresión.

 

Pero justamente antes de que los ojos se cierren sucede algo extraordinario. Del mismo modo que en el más inhóspito de los parajes la vida puede manifestarse de manera sorprendente, sobreponiéndose a la inmisericorde hostilidad del entorno, en el desolador desierto de la televisión tiene lugar un milagro. Repentinamente la señal digital se recibe de manera imperfecta produciendo un efecto fascinante, el "glitch", ese maravilloso error que fragmenta la imagen, los colores, en cientos o miles de unidades que aparentan ser pixeles, creando formas incomprensibles y alucinantes. Estas aberraciones me hacen saltar del sofá, preparar rápidamente la cámara de vídeo y grabar ansiosamente esos momentos irrepetibles. De repente la televisión es maravillosa.

 

De un problema técnico surge una visión enigmática y bella. La imagen se fragmenta creando figuras confusas, se descompone en miles de piezas, desintegrándose, mezclándose unas con otras. En cierto modo es lo mismo que busco cuando dibujo o pinto. Hago una figura y la redibujo encima en una posición algo diferente, así sucesivamente tres, cuatro o cinco veces hasta crear una figura-desfigurada que parece vibrar o responder a una energía centrífuga, como queriendo salir de sí misma, rompiendo su frontera epidérmica en anhelo de trascendencia. Pero en la televisión el hecho es visualmente mucho más exuberante. No sólo se produce una craquelación de la imagen y una descomposición de la coherencia estructural de las figuras, sino además una delirante explosión de los colores en una suerte de puntillismo digital psicodélico.

 

Otro aspecto que hace aún más interesante, si cabe, este fenómeno es la casi completa desaparición del carácter narrativo de lo que sucede en la pantalla (la narración, en el arte, carece de interés para mí). El tiempo se rompe, se ralentiza, acelera, se para, se vuelve a acelerar. Estas imágenes ya no cuentan nada y por eso me atraen aún más. Hay que buscar, imaginar, adivinar. Y evidentemente, el sonido, la banda sonora si queremos, también se desintegra en la misma medida en que lo hace la imagen, con lo que apenas llegamos a entender algunas palabras, en caso de una escena hablada o con locutor, y en el caso de que hubiese música, esta queda totalmente destruida, convertida en sonidos encriptados que pueden recordar alguna obra camerística de Ligeti o momentos del free jazz más esquizofrénico.

 

Este aparente sinsentido es, en mi opinión, portador de verdad, pero una verdad a la que hay que llegar por  medio de la revelación. Una vez desarmado el relato, eliminado el canon visual, desaparece toda posibilidad de procesar de manera analítico-discursiva nuestras percepciones y recurrimos a artificios intelectuales que no ha lugar. El concepto no encuentra su medio en estas imágenes. La relación con este caos ha de ser intuitiva, no cabe el entendimiento. El discurso inherente a la imagen en tanto que obra artística no precisa de un discurso retórico paralelo que intermedie en la relación obra-espectador. Se entiende de arte pero no se entiende el arte, decía Adorno. Es tan simple como difícil. 

 

En fin, este fenómeno fortuito en el que se basa Zapping, este fallo técnico por el que la mayoría tiránica querría lapidar a algún responsable por arruinarles la velada familiar frente a Master Chef, a mí me resulta tan cautivador que me ha llevado a trabajar con entusiasmo en su captura y edición hasta conseguir una serie de piezas de vídeo, algunas de las cuales forman parte de este proyecto, homenaje a un aparato doméstico, la televisión, que en medio de miles de horas de basura hedionda democráticamente programada, es capaz de desprogramarse y producir estas maravillas.

 

Nacho Ramírez

 

 

 

Todo lo escrito en los párrafos anteriores se puede considerar una reflexión obligada por la exigencia de presentar lo que llaman un "discurso conceptual". Está hecho a posteriori, no son planteamientos previos, ni siquiera contemporáneos al desarrollo de la obra. En mi caso considero innecesario discurso alguno para presentar mi trabajo y mucho menos para sostenerlo. Nada de lo que hasta ahora he hecho tiene fundamento conceptual alguno.

Video-stills

Isoformas. Políptico nº1

93 x 158 cm