Presente contínuo. Art Room, Madrid

Siempre me ha parecido más interesante lo que los artistas hacemos que lo que decimos, incluso cuando nuestras obras puedan no ser especialmente brillantes. Y cuando tenemos la ocurrencia de hablar de nuestro trabajo, estas palabras son aún menos interesantes.

 

Los artistas nos expresamos usando un lenguaje que no es el de la palabra. El ejercicio de reflexión y los procesos analítico-discursivos no me resultan tan naturales como la imaginación o la intuición. Los mecanismos que procesan y elaboran mi comprensión del arte y del mundo no manejan tantas palabras, ideas o conceptos como imágenes, sensaciones o atmósferas. Más que asirme a certezas intelectuales o argumentos racionales, deambulo entre calimas y brumas misteriosas, tratando de percibir apenas el aroma de la verdad en el arte y en la vida. Imagino mucho más que pienso. Sueño más que reflexiono, sobre todo despierto. Fantaseo sin parar, construyendo realidades alternativas, mundos paralelos, en lugar de asumir con resignación la realidad aparente. En palabras de Nietzsche, “el pensamiento inconsciente ha de efectuarse sin conceptos, mediante intuiciones, por tanto (...) Así es como procede, sin embargo, el razonamiento del filósofo contemplativo y del artista”.

 

Se habla mucho y se dice poco. Pero, aun haciendo un uso ponderado y certero de la palabra, esta se muestra incapaz de alcanzar los rincones de nuestro hábitat más profundo. El ámbito de las palabras es el ámbito de las ideas y de los conceptos, preside la razón y es el código de acceso a todo lo inteligible. Sin embargo, el arte no es inteligible. Ante un Rembrandt no hay nada que decir, tratar de analizarlo y de entenderlo es alejarse de él, porque las obras de arte no se dirigen a la razón. “El arte desprecia cualquier definición verbal”2, decía T.W.Adorno. Tal vez no estén ustedes de acuerdo conmigo, pero me pregunto si es necesario, antes de entrar a ver una exposición, tener que escuchar, durante media hora, un vano intento de explicación de lo que vamos a ver después. En nuestra relación con el arte no necesitamos intermediarios.

 

A nadie le sorprenderá, después de estos primeros párrafos, que no me defina como artista conceptual. Pero no es un posicionamiento estético kantiano –para Kant el arte era inconceptualizable-, sino algo absolutamente instintivo y natural. Y no lo soy porque no es la idea el elemento fundamental de mi trabajo.

 

Las características formales de las obras, su configuración, su apariencia, nos guiarán hacia su contenido, a lo que la obra parece querer decir y que, sin embargo, no conseguimos concretar  en un discurso conceptual. Al menos yo no soy capaz de hacerlo con mi trabajo. Tan sólo puedo identificar una especia de aura, de aroma que impregna el conjunto de mi trabajo. Ese contenido, el alma de las obras, no surge de la nada, sino de su configuración, de su forma. Las señales que un cuadro o una escultura emiten no vienen del éter, son consecuencia de la articulación de sus elementos físicos, de las pinceladas, de los colores, de los gestos, de los espacios o de las masas. Algo se produce durante el proceso de configuración que hace que el objeto creado adquiera una categoría diferente a la de un simple objeto inanimado. Esta es, a mi modo de ver, la magia y el misterio del arte.

 

No sé exactamente cuál es el planteamiento académico en el albor de este s. XXI, pero sospecho que predomina una férrea dictadura de lo conceptual que yo no comparto, y en esto es en lo que tal vez me pueda alejar de la oficialidad, de la Academia. Sin embargo, como viene a decir George Steiner en Presencias reales, parece cierto que las habilidades exegéticas y criptográficas de la Academia son complacientemente adoptadas por el artista para dar a su obra un status pretendidamente superior, no siendo en realidad más que un servilismo académico : “Obligados por el propio ambiente de hospitalidad académica a una práctica deliberada de autoconciencia y autoexplicación, el pintor-residente (...) se descubrirá expulsado del aislamiento riguroso, de la dinámica inicial, opaca para él mismo, de su vocación. (...) el poeta, el artista o el compositor de hoy se encuentra, como nunca antes, bajo la presión de las expectativas y la atención académicas”.

 

Yo no identifico contenido y concepto. Para mí, que no soy un intelectual, el contenido es algo difuso a lo que no se puede acceder, sino que te accede, que penetra en ti. Es el momento de conciencia de la obra con el que se debe producir una identificación para poder actuar en su nombre, no en el tuyo propio. Este momento en el que el contenido nos es revelado, es el momento en el que la configuración de la obra tiene lugar con naturalidad, sin imposición, sin artificio, es la situación que se debe dar para que el artista trabaje y todo pueda funcionar.

 

Tal vez esta tendencia imperante a conceptualizar todo lo relativo al arte obedezca a la necesidad de entenderlo todo, a la inseguridad que produce no saber qué es eso que miramos. Admitimos traductores de las obras de arte que nos alivien de la incomodidad que produce estar ante algo que no está al alcance de nuestra razón. George Steiner lo define como la secularización del misterio. Es claro que la tremenda sacudida que nos produce estar frente a un cuadro de Francis Bacon nos desarma intelectualmente. El suelo de argumentos y discursos intelectuales sobre el que nos sostenemos desaparece bajo nuestros pies, haciéndonos sentir el vértigo del abismo. Si tenemos la suerte de escuchar una buena interpretación de la séptima sinfonía de Beethoven, no seremos capaces de pronunciar una sola palabra hasta volver a tomar tierra en el anodino mundo de los mortales.

 

Es muy importante que los artistas hagamos lo que debemos hacer, no lo que se nos pide que hagamos desde otra instancia que no sea la obra misma, ya que esta puede quedar en una mera tentativa. No habrá verdad en nuestro trabajo si este responde a exigencias que nada tienen que ver con la simbiosis obra-artista o si actuamos para complacer los deseos de quienes son ajenos a la experiencia del arte. Las obras del s.XXI y las del s.XVIII o de cualquier otro, tendrán un denominador común, que es el misterio, aquello que las hace ininteligibles y enigmáticas. El arte es una interrogación, un desafío al entendimiento. Los artistas tenemos que abandonar esa errónea idea de querer decir algo a través de nuestras obras; son las obras las que tienen que hablar, y sea lo que sea lo que digan, siempre será más interesante que lo que digamos los artistas.

 

Nacho Ramírez.