Necesidad de clasicismo

 

El arte es, sin duda, fundamental testimonio de la época en que se desarrolla. Si queremos conocer civilizaciones antiguas o culturas de tiempos pasados, debemos estudiar principalmente su pintura, su poesía, su música o su arquitectura. No sabemos si se hará lo mismo en el futuro, cuando nuestra época sea estudiada. Pero el artista no debe limitarse a ser un notario, un documentalista o un ilustrador. El arte no es sólo testimonio. El arte hoy ha de ser, de manera imperiosa, una fuerza de resistencia que se oponga al modelo de cultura capitalista, un modelo que se sirve de un bajo tono cultural generalizado, y como consecuencia de una población dúctil y acrítica, para someter dócilmente a la sociedad al consumismo adictivo en que se sustenta este eficaz sistema, el de libre mercado + democracia.

 

Pero los artistas, no nos engañemos, no cambian una sociedad. No lo hizo Shostakovich en la Rusia de Stalin, no lo hizo Picasso ante el avance del fascismo y no lo hace nadie hoy ante el subliminal imperio de la banalidad lúdica posmoderna. Por lo tanto, esa fuerza de resistencia tiene que ser de carácter predictivo, un ejercicio profético más que una cruzada inútil. Sin embargo, el arte de hoy es un fiel aliado de este tipo de cultura, la del artificio insustancial. El artista, erróneamente, quiere competir con el publicista, con el periodista o el reportero. Todos ellos producen o se sirven de imágenes para enviar mensajes de corto recorrido. La fotografía impactante de una tragedia, de una víctima en un conflicto bélico o de un niño muerto en una playa golpean tan duramente nuestra sensibilidad como rápidamente pasan al olvido. Poca diferencia de lenguaje hay entre estas imágenes y la de una modelo con la ropa de la próxima temporada de verano, la de una estrella de fútbol firmando autógrafos o un grupo de leones apareándose en plena sabana. La misma estética. Y todas estas imágenes se nos ofrecen una detrás de la otra sin solución de continuidad, pasando del drama al cotilleo, del crimen a la fiesta sin que podamos mutar el gesto, provocando una auténtica parálisis emocional. El arte ha entrado en ese registro en lugar de contrarrestarlo con la seriedad y exigencia propias del espíritu clásico, con la severidad que siempre ha caracterizado la labor del artista. Lo que hace un siglo era academicismo hoy debería ser revolución.

 

"Toda nuestra cultura capitalista es un inmenso barniz: un refinamiento superficial que oculta el bajo precio y la mala calidad que hay en el núcleo de las cosas." (Herbert Read)

 

El arte debe ser una alternativa a la vulgaridad, no un propagador de ella. En cierto sentido parece necesario un regreso al clasicismo, a la exquisitez y el refinamiento en las maneras artísticas. Clasicismo en cuanto aura, no como autoridad tradicional, no como academicismo envarado. Esto en absoluto significa un paso atrás. Las obras se convierten en clásicas cuando se impregnan del aroma de lo imperecedero. El artista no debe proponerse como objetivo la búsqueda de lo nuevo, sino de lo eterno. La novedad es más propia de la moda y de la sociedad de consumo, no es un valor artístico. "La moda es la madre de la muerte", decía Leopardi. Lo nuevo deja de serlo tarde o temprano y debe contener otro tipo de valores para sobrevivir a su propia fecha de caducidad. Las verdaderas obras de arte se fortalecen con el paso del tiempo, adquieren aura y misterio. En ellas es natural el deseo de perdurar y todo artista proyecta en su obra, aunque sea de manera inconsciente, un anhelo de pervivencia. "Mediante la duración, el arte se enfrenta con la muerte", señalaba Adorno. Muchos artistas parecen esforzarse por hacer algo sorprendente, novedoso, original, queriendo ansiosamente diferenciarse de todo lo anterior. El mercado lo demanda, no hay que olvidarlo. Pero los artistas tampoco tenemos que olvidar algo muy importante, y es que lo verdaderamente original es aquello que mantiene un vínculo con el origen, con la fuente de donde emana lo esencial. Y una de las cuestiones importantes es la técnica. Los artistas nos expresamos libremente a través de nuestra obra, no hay nada que no pueda ser tratado, ningún tabú, ninguna prohibición y nada que nos impida "decir" lo que queramos. Así debería ser, pero hay algo que sí impide a algunos artistas ejercer esa libertad, y es la limitación técnica. El que tiene un vocabulario pobre se expresa pobremente, incluso piensa pobremente porque maneja pocos conceptos. El pintor que está limitado técnicamente está limitado para expresarse, por lo tanto es menos libre. Cuanto mayor sea su dominio de las técnicas, mayor será su libertad para expresarse. No estamos hablando de ortodoxia académica decimonónica, sino de adaptabilidad a las necesidades de la obra, de capacidad para solucionar cualquier problema que se presenta en el cuadro o en el dibujo, y de capacidad, consecuentemente, para producir belleza. Recuperar el respeto por la técnica en el arte no es incompatible con hacer vanguardia. ¿Es acaso anticuado el que escribe sin faltas de ortografía o el que se expresa sin dificultad? La seguridad técnica hace que las obras de arte se nos muestren como afirmaciones rotundas, indudables. Ninguna obra de arte transmite vacilación ni debilidad, porque el artista expresa y representa sus permanentes dudas con total seguridad. Pero esa necesaria recuperación de un cierto clasicismo no hace referencia únicamente a la cuestión técnica, sino a lo esencial, a la sustancia. Hay que abandonar lo insulso, lo obvio y lo vulgar para quedarnos con la fragancia de lo esencial. "La obra de arte verdadera tiene como meta la simplicidad arcaica, mientras que la edad moderna prefiere lo excitante y novedoso", decía ya en 1781 Shen Tsung-chi'en en El arte de la pintura, donde insiste en la importancia de que el artista aparte de su trabajo todo lo superficial y poco significativo, advirtiendo que "ganar la admiración de cien ignorantes nunca compensará la desaprobación de uno que verdaderamente entiende". El arte no es un pasatiempo, no es un juego, no es tarea para diletantes, requiere seriedad. El artista menos libre es el esclavo de las modas y el que acepta sin objeción las imposiciones del mal gusto de la mayoría, el que se entretiene con la trivialidad de lo actual, el que desciende al fango de la política con minúsculas y el amigo de lo irrelevante. En la era de la banalidad, la libertad que significa ser artista está en las antípodas de la libertad que la sociedad cree vivir. La libertad del artista es independencia ganada con esfuerzo y disciplina, con lecturas, con estudio, ascéticamente, en silencio, profundizando en la búsqueda de la verdad, una libertad que se forja no con indulgencia, sino con rigor y severidad respecto a su propio trabajo. Y todo ello, casi inevitablemente, nos conduce hacia la elegancia y la simplicidad que transmite el aire clásico de las grandes obras de cualquier época, nos devuelve la sensación de intemporalidad que brota del equilibrado juego de tensiones entre la forma y el fondo, entre el cuerpo y el alma de las obras de arte.

 

Nacho Ramírez