Mirada introspectiva

 

El trabajo de muchos artistas, seguramente el de la mayoría, se basa en la observación del mundo, de las cosas que nos rodean. De una u otra manera se pinta lo que se ve, ya sea literalmente o de manera idealizada, interpretando, transformando o convirtiendo en símbolo aquello que percibimos. Pero, sin dejar de ser cierto que hasta la abstracción más aparentemente alejada de cualquier referencia al mundo físico tiene su germen tal vez en la luz que se filtra por una persiana, en el garabato en una pizarra, una mancha de café sobre el mantel o una grieta en el asfalto, también es cierto que pocas veces la intención del artista se reduce a la mera representación aséptica de aquello que ve. El artista ofrece su visión y su versión del mundo.

 

Hay artistas que miran y observan con atención a su alrededor pero hay también artistas que no lo hacen, porque el mundo no es sólo lo que vemos. Mientras unos encuentran innumerables motivos de interés en la naturaleza, en las personas, en situaciones o en objetos, a otros les trae sin cuidado cualquiera de esos temas. Se podría incluso decir que estos últimos viven ausentes de lo que les rodea, pasan sin posar su mirada en apenas nada, sin examinar las cosas. La suya es una mirada introspectiva que se examina a sí mismo, que escudriña el alma. En cierta lógica podríamos deducir que para el artista introspectivo, cuya mirada no repara en lo aparente, la abstracción podría ser la manera natural de expresarse, en tanto que vive abstraído, prescindiendo de lo manifiesto o visible. Pero no es así. Y no sólo no es así, sino que más bien parece justamente lo contrario. Un artista paradigmático de la introspección y la representación del alma humana, como Edvard Munch, hizo casi toda su obra antes de la irrupción del arte abstracto, y no hay abstracción que puede expresar la soledad como su cuadro "El baile de la vida". Pero, incluso en pleno auge de los estilos no figurativos de principios del s. XX, como la abstracción lírica de Kandinsky, el suprematismo de Malévich, la vanguardia rusa o el neoplasticismo de Mondrian, es el expresionismo de Beckmann, Grosz, Dix o Kokoschka, con su figuración transfigurada, el que se muestra como el portavoz indiscutible del existencialismo y la introspección subjetiva. Ciertamente, no se puede negar la honda mirada introspectiva de Rothko, con su magnética representación del vacío y del silencio, portadores de una premonición fatal, pero en general comprobamos que los artistas abstractos, desde Schwitters a Twombly, pasando por Pollock, Motherwell o Scully, están más cercanos a la representación de planteamientos estéticos que a los que pudiéramos llamar de naturaleza humana. El pintor ensimismado, que se observa a sí mismo en lugar de a lo que le rodea, sabe que cualquier motivo de la realidad exterior puede llevar sobre sí la carga de lo humano de manera más perceptible y efectiva que la abstracción. Si el romanticismo ya lo hizo con el paisaje, identificándolo con las pasiones y los sentimientos humanos, el expresionismo alemán lo hizo con el retrato, que le sirvió de pretexto para convertir en imagen el pesimismo del ambiente prebélico europeo y el horror del gran conflicto.

 

La pintura no es únicamente representación de lo visible, sino también, y principalmente, de lo no visible. Sí, queramos o no, pintamos lo que vemos, pero a través de lo visible representamos lo que no se ve. Cuando Van Gogh pintaba olivos no pintaba olivos. Quien haya acercado la mirada a un palmo de una de sus obras habrá sentido que cada una de sus pinceladas es una herida, una cicatriz en el alma.

 

Nacho Ramírez