Lo razonable

 

Escribir es un ejercicio muy recomendable para quienes padecemos de un severo caos mental. Es bastante frecuente que el pensamiento del artista se desenvuelva de manera un tanto desordenada, con dificultad incluso, debido a que su mente habita naturalmente en el terreno de la imaginación y las sensaciones, y no tanto en el ámbito discursivo. Pasar de lo difuso a lo concreto, de lo sensible a lo razonable no es fácil.

 

El ejercicio de análisis y reflexión, el esfuerzo por estructurar y ordenar mínimamente el pensamiento nos ubica, nos sitúa en una posición más o menos delimitada con respecto a los demás. Este emplazamiento ideológico, estético o moral nos acerca a algunos y nos aleja de muchos. Ahí está, en gran parte, la trampa del pensamiento: perdemos la libertad del que navega en un mundo mucho más amplio y sin fronteras, el de la percepción sensitiva y el conocimiento intuitivo. El plano de lo racional es un mapa en el que quedamos situados en un área que viene determinada por nuestros afectos e inclinaciones intelectuales. No hay duda de que la manera de pensar distingue a unas personas de otras, las ideologías y los discursos teóricos diferencian a grupos de personas, llegando a enfrentarlos, como todos sabemos. La razón establece fronteras, por más que los valores éticos colectivos y los derechos establecidos inviten a la convivencia. Los seres humanos coexistimos, nos soportamos más o menos amablemente. 

 

Toda idea que podamos argumentar e incluso teorizar es tan razonable como la contraria. La construcción de una ideología coherente, sólida y verosímil no impide que se construya otra ideología contraria u opuesta de igual coherencia, solidez y verosimilitud. Los autores y los seguidores de cada una de esas teorías creerán fervientemente que en la suya está la verdad. Pero esta sofisticada construcción está hecha de palabras, es decir, de signos a los que asociamos conceptos. Estamos utilizando un sistema de comunicación que tiene sus defectos, que no es más que un código para relacionarnos e intercambiar información, pero que no es infalible. Los procesos analítico-discursivos se desarrollan dentro de unos límites que vienen determinados por los mecanismos de la razón, manejan conceptos con los que se argumenta, se propone, se contradice, se deduce, se establecen hipótesis, se explica, se reglamenta, se teoriza, etc. Pero todo eso es ajeno al arte o, en el mejor de los casos, algo de importancia menor en el contenido del arte.

 

 

Nunca, hasta hoy, el artista había sido presa de la trampa de la razón. Jamás al artista se le ha considerado una persona razonable, ni siquiera sensata. Al contrario, siempre ha obedecido a la inercia instintiva, al impulso inconsciente y arrebatado que lo dirige a lo difícil, a lo absurdo, inútil, improductivo y, a ojos de lo que solemos llamar sentido común, hacia todo lo desaconsejable. Sólo así puede hacerse el arte, el poema, la filosofía o la música.

 

Nacho Ramírez