La Academia

 

El artista es un nómada que viaja no sabe adónde. No dispone de una guía para este viaje, ni siquiera de un mapa de caminos por donde transitar y mucho menos un destino determinado. Como un explorador que se abre paso entre la confusión de la maleza, las dudas le acompañan en cada jornada. Una de esas dudas es saber si está en su propio camino y no en el de otros. Sabemos que hay vías ya trazadas por donde van muchos artistas, la mayoría. Es el camino que marca la Academia, un camino seguro. Históricamente ha habido artistas académicos que se sienten cómodos trabajando dentro de unos cánones, pero también ha habido artistas que cuestionan esos dictados y buscan caminos diferentes, alternativos o rupturistas. Esta no es una dicotomía decimonónica, sigue dándose. De hecho, da la impresión de que la Academia es hoy más poderosa que nunca a la hora de imponer su criterio, que no es otro que el conceptualismo. George Steiner, en Presencias reales, considera evidente que las habilidades exegéticas y criptográficas de la Academia son complacientemente adoptadas por el artista para dar a su obra un status pretendidamente superior, no siendo en realidad más que un servilismo académico: “Obligados a una práctica deliberada de autoconciencia y autoexplicación (...) el poeta, el artista o el compositor de hoy se encuentra, como nunca antes, bajo la presión de las expectativas y la atención académicas”. Podríamos hablar de una autentica dictadura que impone la exigencia de discurso a los artistas. Y lamentablemente, la aparente obscuritas de esos discursos generalmente no esconde más que simplismo y poca congruencia con la obra parafraseada. Es lo mismo que encontramos con demasiada frecuencia en el mundo de la gastronomía, cuando nos ofrecen platos con un enunciado sofisticado y sugerente que promete experiencias culinarias sublimes pero nos sirven en la mesa una decepcionante comida. El discurso de un verdadero artista conceptual debería ser toda una creación, una écfrasis más enigmática que descriptiva, sin embargo suele ser un inútil ejercicio de retórica explicativa, una traducción impotente, un bastón de apoyo para sostener trabajos que se tambalean o, simplemente, un esforzado intento de justificar lo injustificable. El artista no es un filósofo, pero incluso la filosofía, tal y como la entendía Wittgestein, "se conforma con poner todo frente a nosotros, sin explicar ni deducir nada. Como todo está ahí, ofrecido a la vista, no hay nada que explicar". Así es exactamente como el arte actúa.

 

En el mundo del arte se habla mucho y se dice poco. Pero, aun haciendo un uso ponderado y certero de la palabra, esta se muestra incapaz de alcanzar los rincones de nuestro hábitat más profundo. El ámbito de las palabras es el ámbito de las ideas y de los conceptos, preside la razón y es el código de acceso a todo lo inteligible. Sin embargo, el arte no es inteligible. No hay análisis racional que pueda descodificar el misterio ni resolver el enigma. En ese ingrediente que se escapa al control del propio artista, que se da de manera inconsciente, sin intencionalidad, es donde reside el verdadero valor de la obra. Ante un Rembrandt no hay nada que decir, tratar de analizarlo y de entenderlo es alejarse de él, porque las obras de arte no se dirigen a la razón. Todo concepto, toda idea es refutable, pero el arte no lo es. La sonata op.1 de Alban Berg no es discutible, es una verdad absoluta. Y toda especulación acerca del significado de las obras de arte no hace sino alimentar el misterio que las envuelve. Me pregunto si es necesario, antes de entrar a ver una exposición, tener que escuchar un vano intento de explicación de lo que vamos a ver inmediatamente. En nuestra relación con el arte no necesitamos intermediarios. Tal vez esta tendencia imperante a conceptualizar todo lo relativo al arte obedezca a la absurda necesidad de entenderlo todo, a la inseguridad que produce no saber qué es eso que miramos. Admitimos traductores de las obras de arte que nos alivien de la incomodidad que produce estar ante algo que no está al alcance de nuestra razón. Lo que Steiner define como la "secularización del misterio". Está claro que la tremenda sacudida que nos produce estar frente a un cuadro de Francis Bacon nos desarma intelectualmente. El suelo de argumentos y discursos sobre el que nos sostenemos desaparece bajo nuestros pies, haciéndonos sentir el vértigo del abismo.

 

"Todo lo que necesitas saber sobre el cuadro está ahí, en la superficie." (Andy Warhol)

 

No debemos olvidar cuáles son los dominios del arte, que desde luego están más allá de las limitaciones del lenguaje verbal. La capacidad expresiva del arte es infinitamente mayor que la de la palabra. No menospreciemos la sabiduría popular cuando afirma que una imagen vale más que mil palabras. La pintura o la música afirman lo que el verbo apenas es capaz de insinuar con rebuscados esfuerzos. El lenguaje tiene una limitación ineluctable, que es el significado. Los conceptos, las ideas, las palabras, marcan los límites del entendimiento. Pero el arte no tiene ese límite, al contrario, ese es su punto de partida. ¿Por qué, pues, prescindir del infinito potencial expresivo del arte reduciéndolo a simples conceptos? Incluso en las obras en las que lo racional y el concepto son su fundamento, hay un ingrediente de otro orden que hace que sean enigmáticas y se escapen al entendimiento. No hay análisis racional que pueda descodificar el misterio ni resolver el enigma que representan las obras de arte.

 

Es muy importante que los artistas hagamos lo que debemos hacer, no lo que se nos pide que hagamos desde otra instancia que no sea la obra misma, ya que esta puede quedar en mera tentativa. No habrá verdad en nuestro trabajo si este responde a exigencias que nada tienen que ver con la simbiosis obra-artista o si actuamos para complacer los deseos de quienes son ajenos a la experiencia del arte. Las obras de nuestro siglo y las de cualquier otra época tienen un denominador común, que es el misterio, aquello que las hace ininteligibles y enigmáticas. El arte es una interrogación, un desafío al entendimiento. Los artistas tenemos que abandonar esa errónea idea de querer decir algo a través de nuestras obras. Son ellas las que tienen que hablar, y sea lo que sea lo que digan, siempre será más interesante que lo que digamos los artistas.

 

Nacho Ramírez