Entender de arte

 

"La obra de arte debe dominar al espectador y no el espectador la obra de arte. El espectador debe ser receptivo. Debe ser el violín con el que toque el maestro. Y cuanto más completamente suprima sus propias opiniones, sus necios prejuicios, sus ideas absurdas sobre lo que el Arte debe o no debe ser, en mejores condiciones estará para comprender y apreciar la obra de arte en cuestión." (Oscar Wilde. El alma del hombre bajo el socialismo.)

 

Si en una pizarra vemos una ecuación matemática compleja, todos daremos por supuesto que es correcta. No se nos ocurrirá decir que es una tontería o que cualquiera es capaz de hacerla, porque no sabemos de matemáticas. Si leemos el enunciado de un principio de física cuántica no nos atreveremos a decir algo como "vaya tontería, mi hija lo haría mejor". Lo respetamos y lo damos por bueno porque no entendemos de física cuántica. Pero si vemos el cuadro Círculo negro de Malevitch, por ejemplo, no será raro escuchar comentarios de menosprecio tales como "eso es una tomadura de pelo", en boca de personas que nada saben de arte. ¿Por qué, al tratarse de arte, la gente expresa su opinión, cuando no su juicio, sobre algo de lo que no tiene conocimiento? Cuando alguien dice de una pintura "eso es una mierda", ¿sabría explicar por qué es una mierda? Seguramente no. Y cuando esa misma persona dice que Las Meninas de Velazquez sí es una gran obra de arte, ¿acaso sabría explicar por qué lo es? Seguramente no. La historia del arte tiene siglos de evolución, y aun conociéndola bien es muy difícil valorar el trabajo de los artistas. Pero incluso los espectadores más respetuosos probablemente negarán cualquier posibilidad de comunicación con la obra reduciendo su comentario al recurrente "yo eso no lo entiendo". Y curiosamente, lo cierto es que ni ellos ni nadie entiende una obra de arte, porque el arte no se entiende, no se dirige a la razón, habita más allá de los límites del entendimiento. "Se entiende de arte, pero no se entiende el arte", precisaba Adorno. En cualquier caso, evitamos ponernos delante de un cuadro porque no lo entendemos y sin embargo contemplamos con admiración el cielo estrellado en la noche aunque seamos incapaces de entender el misterio del universo.

 

"El arte no sirve para explicar lo misterioso. Lo que hace el arte es facilitar que nos demos cuenta de ello. El arte descubre lo misterioso. Y cuando se percibe y se descubre, se hace todavía más misterioso." (John Berger. Sobre el dibujo)

 

Una actitud receptiva y libre de prejuicios es el paso primero para un acercamiento al mundo del arte. Pero para entender de arte es preciso conocer los procesos, la técnica, porque es a través de ella como el arte se manifiesta. Quien ha aprendido las bases del dibujo y la pintura, quien conoce medianamente la historia del arte, quien ha visto la obra de los grandes maestros, quien es asiduo visitante de exposiciones, quien se ha interesado por leer sobre arte… en fin, quien sabe de arte no puede tolerar la mala pintura o el mal dibujo. Los oficios artísticos tienen siglos de historia, sus técnicas han avanzado para permitir a los artistas profundizar en las posibilidades de expresión y de representación. Según parece, el arte contemporáneo no ha abolido aún la pintura, por lo tanto sigue siendo un medio vigente y disponible para los artistas. Nuestro criterio, nuestra capacidad para admirar o censurar una obra depende, en primera instancia, del conocimiento que tengamos de sus técnicas. Para quien se haya esforzado en conocerlas, un simple vistazo basta para saber si vale la pena detenerse delante de un cuadro o no. Tras lo que Adorno denominaba "tabú sensual" (el rechazo a producir obras sensiblemente agradables, algo que ya debería estar superado), todavía se esconde el trabajo de muchos artistas con mala técnica, especialmente en la pintura o en el dibujo. Por eso, hay que insistir, es necesario conocer los procedimientos para poder discernir lo que obedece a una intención estética de lo que es simplemente fruto de la incapacidad. Como en casi todas las cuestiones, hay excepciones que confirman la regla. No podemos negar que ha habido grandes artistas que no eran buenos pintores, pero supieron aprovechar sus torrentes creativos de manera muy inteligente dentro de los límites de sus posibilidades técnicas. Lo cierto es que no ha habido grandes artistas tontos.

 

Los términos "arte" y "artista" se utilizan con demasiada generosidad. Llamamos artistas a todos los pintores, a todos los cantantes, artesanos, folclóricos, diseñadores, bailarines y actores, cuando sólo algunos de ellos lo son. Quien han aprendido el oficio de pintor es un pintor. El pintor que tiene un buen dominio de la técnica es un buen pintor. Y sólo el pintor que es capaz de transcender los límites del oficio para, a través de él, hacer obras con valor estético es un artista. ¿Y quiénes pueden distinguir quién es artista y quién no? Los que saben de arte, que también son unos pocos. Indudablemente hemos devaluado el valor del concepto "artista" y de lo que es arte. El profesor que enseña a sus alumnos a dibujar y a pintar no da clases de arte, sino de dibujo y pintura. El arte es otra cosa. El dibujo y la pintura son medios de expresión, como lo son el baile, la música o la palabra. Cualquier persona puede llegar a pintar correctamente si se le enseña, no es necesario haber nacido con un don especial o ser un elegido de los dioses, del mismo modo que todos hemos aprendido a leer y escribir con corrección y sin embargo no somos poetas. Pues bien, pintar es una cosa y ser un artista otra.

 

Entonces, para entender de arte no basta con tener conocimiento de técnica y de los procesos, no es suficiente conocer la historia del arte y sus teorías, es también necesaria una sensibilidad perceptiva capaz de activar en nuestro interior una emoción estética, es necesaria una predisposición al goce de la belleza. Sin esta capacidad, de nada sirve todo conocimiento teórico o técnico, pues el arte, en cualquiera de sus formas, es el medio de expresión para aquello que no puede ser dicho: lo espiritual. Siempre ha habido personas de gran sensibilidad que sin tener formación o conocimientos de arte disfrutan de manera entusiasta con la pintura y visitan museos y exposiciones. Se puede decir que su aproximación al arte es intuitiva y obtienen disfrute y placer de esta experiencia. Los museos, las salas de concierto y los teatros se sostienen gracias a estos aficionados. En términos amplios Benjamin diferencia entre este disfrute del arte, que califica de disipado y característico de las masas, y el disfrute por medio del recogimiento más propio del verdadero entendido. No hay duda de que una innata predisposición nos puede hacer sentir la llamada del arte, pero el goce estético será más profundo si esta sensibilidad se acompaña con el conocimiento de las técnicas y la historia del arte. Los jóvenes estudiantes de arte visitan vorazmente todas las exposiciones que hay en las galerías, museos y centros de arte. Al principio casi todo lo que ven les gusta y disfrutan con admiración de muchas obras casi por el simple hecho de estar colgadas en una galería. Con el paso de los años, con mayor conocimiento y madurez, resulta más difícil encontrar algo que a uno le guste. Pero cuando se tiene la certeza de estar ante un buen trabajo o verdaderamente ante una obra de arte, la experiencia es inexpresable con palabras. Lo que se siente de joven es una especie de identificación o de proyección de uno mismo en las obras, una vivencia inequívocamente romántica. Cuando se es todavía aprendiz, los cuadros de artistas admirados funcionan como desencadenante de intensas emociones y sentimientos que, por supuesto, nada tienen que ver con la obra en sí. Pura subjetividad. La experiencia del arte es radicalmente diferente para el artista maduro, ya hecho o para el verdadero conocedor. Se podría decir que uno desaparece en la contemplación del arte. La obra en todos sus aspectos, en toda su dimensión estética se hace presente con tal verosimilitud que nos invade desplegándose en nuestro interior sin dejar resquicio alguno para la conciencia del yo. ¡Eso es entender de arte!

 

En mi caso, lo que puedo asegurar es que, ni cuando era un joven artista ni cuando ya he sido más experimentado, el arte me ha hecho pensar. Y me permito dar un modesto consejo para aquel que desee iniciar su aproximación al arte: conocer la historia, conocer las técnicas y, al ponerse delante de un cuadro, relacionarse con él únicamente a través de la percepción y de los sentidos, sin esfuerzo, sin análisis y sin pensamiento alguno.

 

Nacho Ramírez