Energía

 

No se pinta para contar cosas. Para eso está la literatura, para eso está la palabra. Se pinta simplemente para crear imágenes. ¿Y por qué siente uno la necesidad de crear imágenes? Quizá sea un deseo inconsciente de representar sensaciones, un impulso que lleva a convertir las percepciones en presencias físicas, a hacer visible lo que no lo es, como proponía Klee: "no hacer lo visible, sino hacer visible". Tal vez cada cuadro es un espejo en el que algo de uno mismo queda reflejado de manera indeleble, quizá cada dibujo o cada pintura no es más que un autorretrato hecho con los rasgos más desconocidos de nuestra personalidad, una imagen inquietante del extraño que nos habita. No lo sabemos. Lo que es seguro es que nada de lo que se pinta puede ser dicho ni pensado, tan sólo, y difícilmente, puede ser imaginado.

 

Un asunto fundamental es el de la figura: el cuerpo humano. La figura no es una persona, no es un retrato ni la representación de alguien concreto. Es una forma, una estructura sobre la cual desarrollar una manera de pintar, pero con las infinitas posibilidades expresivas que tiene el cuerpo humano. Sin duda hay muchos otros temas de los que un artista se puede servir, como paisajes, objetos, animales, hechos, ideas, etc. Pero difícilmente encontraremos un asunto en que el artista proyecte tanto de sí, de su cultura, de su visión del mundo o del misticismo como ha sido la figura humana desde Altamira hasta hoy. Cuando un artista pinta el cuerpo humano está afirmándose como una presencia real, está representando su existencia, su Dasein. Las estilizaciones mitológicas prehistóricas, el canon de ideal antropomórfico de Policleto, las alegorías del Renacimiento, el éxtasis místico de Bernini, el eros de Ingres, la analítica crudeza de Muybridge, la distorsión neurótica de Schiele, las presencias enigmáticas de Giacometti o la realidad hiriente de Lucian Freud son poderosos ejemplos de que la representación de la figura a lo largo de la historia contiene la esencia del ser humano más allá de lo contextual. Estas figuras no son personajes de una narración, son algo así como imágenes filosóficas.

 

Con estos precedentes resulta cada vez más difícil representar una figura con verdadera entidad, sin que sea simplemente parte de algo anecdótico. ¿Qué se puede hacer? Cuando situamos una figura en un espacio concreto o reconocible, como una habitación, una escalera, un jardín o una calle, automáticamente queremos saber por qué está ahí, adónde va, quién es… ya hemos creado una situación, ya "pasa algo", estamos contando algo acerca de esa figura, que deja de ser un cuerpo para ser alguien. En cuanto la acompañamos de algún elemento figurativo, como un libro, una pistola o un piano, se hace casi inevitable un cierto relato. De ninguna manera hay que decir que ese factor narrativo, que puede ser desde un matiz hasta el fundamento de una obra, sea algo rechazable, en absoluto. Pero en lo que concierne a la figura como representación de lo transcendente, sin duda el aislamiento y la desnudez ayudan a dotarla de lo esencial. El hombre de Vitruvio, los esclavos de Michelangelo, los cuerpos de Schiele o las figuras de Gormley no necesitan de escenografía o atrezzo alguno. En realidad, al pintar el cuerpo humano abstraído del sujeto, estamos representando energías, fuerzas vitales. El cuerpo está en constante movimiento, pero no el tipo de movimiento que obedece a una acción, sino el causado por una energía, por una fuerza que tiene origen en su interior. Una fuerza que puede ser centrífuga, expansiva, una tensión, un pulso, un impulso. Eso es esencialmente lo que se representa al pintar una figura: energía. Uno de los cánones clásicos de la pintura china hace referencia a la representación del "ritmo vital", producido por la circulación de la energía chi, la fuerza acumulada que da forma a toda materia. Y según la ley de la conservación de la energía, esta ni se crea ni se destruye, sino que se transforma, de manera que, al pintar la figura humana con su fuerza y energía, estamos pintando el ansia desesperado de permanencia, "el duro deseo de durar" según Éluard. Ese deseo, o más bien esa necesidad de perdurar, de transcender, hace del arte el medio necesario para la expresión de lo espiritual. Y ahora me doy cuenta de que mi trabajo sólo trata de eso, energía, nada más.

 

Nacho Ramírez