El ser excepcional

 

Nuestros recuerdos de juventud, por más años que tengamos, no nos transportan a un pasado muy remoto. Las personas de mediana edad, las ya maduras y, por supuesto, las que han visto y oído mucho más que la mayoría, recordarán perfectamente lo que era una estrella de cine, un gran director de orquesta, un cantante de ópera, un escritor importante o un pintor famoso, que los había. Sin duda, no parecían ser personas comunes y corrientes; al contrario, estaban vestidas de un aura especial. Su presencia subyugaba. Muchos factores, no sólo su personalidad, influían en que se les percibiera de manera idealizada e inalcanzable. Nada en ellos los asemejaba a las gentes de la calle: su manera de vestir, de hablar, sus ademanes, su estilo de vida, su comportamiento y sus hábitos, pero sobre todo su trabajo, sus obras. Quienes tuvieron la oportunidad de conocer, por ejemplo, a personas tan dispares como Picasso, Muhammad Ali, Ava Gardner, Maria Callas, Gandhi o Leonard Bernstein, sin duda sintieron que no estaban ante personas como las demás. También es cierto que muchos de aquellos artistas, personajes del espectáculo e intelectuales no estaban realmente a la altura de la imagen que de sí mismos proyectaban. En el mundo del cine, del rock o el pop y del espectáculo en general, tras un pretendido glamour y una actitud altiva o rebelde se esconden, en muchas ocasiones, personajes inconsistentes y frívolos que muy poco tienen de admirables. Pero, en cualquier caso, parece innegable que la presencia de ciertas personas, sean artistas o no, sean populares o desconocidos, nos hace sentir un respeto y una fascinación que emana de ellas sin mediar artificio alguno. Ser sensible a esa presencia es como ser sensible al arte, muchos no la perciben. En la actualidad casi nadie reconoce ese aura, tal vez por una indiferencia y desinterés que deviene del cambio de valores sociales que se ha producido en pocas décadas y que ha modificado dramáticamente los paradigmas culturales. En los años 50 o 60, un obrero en Francia, en la Unión Soviética, en España o en los Estados Unidos, veía con frecuencia en la televisión entrevistas a artistas, escritores y filósofos como Dalí, Stravinsky o Camus, a los que hoy consideramos parte importante de la historia. Las personas humildes y las clases trabajadoras, en su mayoría sin una gran cultura debido a las circunstancias desfavorables de la época, guardaban respeto por quienes tenían una categoría intelectual o artística reconocida, el mismo respeto que les inspiraba el maestro de la escuela o el médico de familia. La sociedad, en su conjunto, reverenciaba el conocimiento.

 

Uno tiene la sospecha de que hoy la admiración se dirige a otro tipo de méritos. Los hijos y los nietos de aquellos obreros han disfrutado de la educación que sus padres y abuelos nunca tuvieron, han podido ir a la universidad y tienen, gracias a la revolución que ha supuesto internet, acceso a la información y a la cultura como jamás nadie pudo soñar anteriormente. La admiración por ciertos personajes, e incluso los ídolos siguen existiendo, pero los de hoy en nada se parecen a los de ese pasado no tan remoto. Cada generación tiene los suyos, mujeres y hombres populares que se convierten en modelos a los que imitar, héroes que despiertan admiración, que definen las máximas aspiraciones de la juventud. Y la pregunta surge automáticamente: ¿cuáles - o quiénes - son los modelos de las nuevas generaciones?, ¿qué personajes son admirados hoy por la gente de la calle? La respuesta es sencilla: gente de la calle. No ha desaparecido el culto a la persona, no se ha dejado de idolatrar, pero se venera a individuos que visten como la gente de la calle, hablan como cualquiera, piensan como la mayoría y su trabajo no destaca precisamente por su calidad o enjundia. Se admira a quien ha logrado el éxito, es decir, fama y dinero, aunque no sepa hablar con corrección, cante bien o cante mal... ¡quién nota la diferencia! La sociedad contemporánea ha arrinconado hasta hacer invisibles a las personas intelectualmente más valiosas del mundo de la cultura, especialmente si son independientes y críticas con el sistema. Cuando en los medios de comunicación se habla de "artistas e intelectuales", se está hablando de actores, cantantes de música popular o personajes del mundo del espectáculo entre los cuales casi nunca encontramos verdaderos artistas o intelectuales. Los líderes de opinión son sujetos que ni leen ni escriben nada más extenso que un twit porque a nadie le interesa y por flagrante incapacidad. Indudablemente no podemos obviar el Zeitgeist, el tono cultural dominante en nuestra época, en la que impera, como decía Lacan, el deseo de no saber para seguir durmiendo.

 

Tres décadas antes de Cristo, Virgilio, en sus Geórgicas, ponía esta queja en boca de Lisipo: "¿Quién de entre nuestros jóvenes está bien educado en las letras?, ¿quién sabe algo de los oradores o los filósofos?, ¿quién lee la historia, el alma de todas las actividades públicas?" Comprobar que este penoso lamento se viene repitiendo, al menos, desde hace más de dos mil años, generación tras generación, nos recuerda que no es una novedad quejarse amargamente del desinterés que los jóvenes muestran por el saber y el estudio. Pero, aun sabiéndolo, parece innegable que la sociedad contemporánea se distingue de las anteriores en que ha conseguido homogeneizar mentalidades, estandarizar las formas de expresión e igualarnos en la superficie anulando lo que cualitativamente nos distingue. En los partidos políticos, en los medios de comunicación, en los ambientes culturales nadie parece hablar desde un criterio propio, desde una reflexión fundamentada, nadie se sale de un guión que parece escrito por y para personas que nada se cuestionan. La corrección política está haciendo estragos en la cultura, arrebatándole toda sustancia. El nivel no puede ser más bajo ni el panorama más desolador. Pero lo más difícil de aceptar es que, quien a lo largo de la Historia se situó en contra de la norma, hoy sea una persona normal, quien siempre pensó y sintió de manera diferente ahora es igual a todos. El artista siempre ha sido una singularidad, una excepción dentro de la sociedad, por eso sus obras son singulares y excepcionales, por eso son obras de arte.

 

Nacho Ramírez

 

 

"Todos vivimos en el arroyo, pero algunos miramos las estrellas".  (Oscar Wilde)