Eclecticismo

 

Arte figurativo, abstracto, minimalista, urbano, clásico, conceptual, surrealista… El adjetivo no importa si es arte.

 

Asumir como propio un discurso ajeno es siempre una situación forzada que implica, en cierta medida, una renuncia a la posibilidad de cuestionar o desarrollar ideas diferentes. Pero es cómodo. No es posible ser militante de una idea política o estética sin castrar parte de nuestro ser o de nuestras posibilidades de ser. No hay dos personas en el mundo que sientan la vida de manera idéntica y nadie debería decirnos cómo sentirla. La vida es una experiencia compleja que hace de nosotros seres tan únicos e irrepetibles como las huellas de nuestros dedos o el iris de los ojos. En nuestros cromosomas no hay un gen posmoderno, comunista, surrealista, ateo, ortodoxo o minimalista. Cualquier ideología política o manifiesto artístico que abracemos sin duda fortalecerá nuestra posición ante los demás y ante nosotros mismos, nos sentiremos más seguros, nos aliviará el trabajo, pero en gran medida supone evadir la responsabilidad de ser plenamente. El artista pierde capacidad para el ejercicio crítico independiente y el político se ve afectado por lo que Ortega denominaba hemiplejía moral. Quienes no se someten a un discurso dado están obligados a un ejercicio de autoconciencia que es complejo y no acaba nunca, pues nuestra manera de ver, de sentir o de pensar cambia con el paso del tiempo como cambia el mundo.

 

"Un eclecticismo genuino puede y debería gozar de todas las manifestaciones del impulso creador del hombre".

(Herbert Read. Al infierno con la cultura).

 

Aquel artista cuyo temperamento creativo no encaja en ningún marco teórico y cuyo espíritu no es encauzable en corriente alguna no ha de sentir complejo en admitir el adjetivo de "ecléctico", aunque este no sea más que un intento de clasificar lo que es precisamente inclasificable. El artista ecléctico es un hereje para la Academia. Expresarse libremente, sin autocensurarse a la hora de recurrir a diferentes maneras de decir, sin limitar territorios explorables, es hoy un ejercicio peligroso que puede estigmatizar a un artista. Resulta verdaderamente difícil no plegarse a la presión del ambiente artístico académico y a la crítica. Quien afirme no ser un artista conceptual, quien considere que no es el concepto el elemento fundamental de su trabajo, que este no representa el núcleo o el germen a partir del cual su obra se desarrolla, difícilmente será un artista tomado en consideración. Pero decir que no se es un artista conceptual no significa que nuestra obra esté vacía de conceptos. El trabajo de un artista se impregna inevitablemente de su ser. Aunque nos esforzáramos en representar la realidad tal cual la percibimos, con la única intención estética de reproducir con fidelidad lo que nuestros sentidos nos transmiten, el resultado quedaría marcado por nuestra personalidad, estaría teñido de nuestra sensibilidad y en cada trazo o pincelada quedarían grabadas nuestra sabiduría y nuestra ignorancia. Sin duda las ideas son ingredientes de las obras en cierta medida, como lo son los colores, las formas o los espacios. Pero no busquemos donde no hay. Son las características formales de las obras, su configuración, su apariencia, lo que nos guiará hacia su contenido, a lo que la obra parece querer decir. Ese contenido, el alma de las obras, no surge de un discurso, sino de sus elementos físicos. ¿Dónde puede estar el contenido si no es dentro del continente?

 

La crítica desprecia el eclecticismo argumentando que se trata simplemente de una ausencia de estilo, cuando en realidad significa, o debería significar, que se tiene un estilo propio y que se ejerce con verdadera libertad e independencia. Lo que la Academia considera estilo no deja de ser una convención o una normativa. Es cometido y responsabilidad del artista hacer uso de su libertad para producir una obra coherente, auténtica e innegable. Y es preferible fracasar en ese intento que triunfar sometido por la represión que suponen las normas de estilo o bajo paternalistas tutelas curatoriales ejercidas con más potestas que autoritas.

 

Nacho Ramírez