Acto de comunicación

 

Pintar un cuadro es como lanzar un mensaje en una botella al océano. Uno desea que alguien lo reciba, pero muy probablemente esto no sucederá. Es una forma de expresión, una manera de "decir" algo que no puede ser dicho con palabras. Y todo lo que es expresado anhela la existencia de un receptor, implica un intento de comunicación que, de no tener lugar, supone un fracaso. En el caso del arte, esta comunicación es difícil de establecer, porque el receptor ha de conocer el idioma en que se le está hablando. De nada sirve encontrar la botella en la arena de la playa si el mensaje está escrito en una lengua que desconocemos. Y lo cierto es que el idioma del arte no lo entiende mucha gente, porque no es un sistema hecho de reglas que podamos aprender, porque sus ilimitadas posibilidades de combinación y articulación lo hacen inabarcable y porque cambia constantemente, de manera que es diferente el lenguaje del Renacimiento que el del Romanticismo o el del expresionismo abstracto. E incluso dentro del mismo contexto histórico o un mismo estilo, cada artista desarrolla lo que podríamos llamar su propio dialecto. El arte, la pintura concretamente, es una expresión anti-semántica, que carece de sentido, que no significa nada. ¿Pero puede existir comunicación sin un contenido inteligible? Evidentemente sí. Todos sabemos que cuando sonríes a alguien con quien cruzas la mirada, cuando abrazas a un amigo que está triste o cuando besas a la persona que amas hay comunicación. Pero esa sonrisa, ese abrazo o ese beso muy difícilmente podrían ser sustituidos por palabras, porque se trata de sensaciones, emociones o sentimientos.

 

El acto de comunicación que el arte aspira a ser es casi siempre un acto fallido. Podríamos decir que la música es mucho más certera que la pintura al apuntar a las emociones humanas, desde las más elementales hasta las más elevadas. Es el lenguaje más apropiado para comunicar la experiencia de lo transcendente, de lo lo espiritual. La pintura no puede provocar el arrobo al que el preludio de Tristán e Isolda nos arrastra inevitablemente. La pintura se dirige a nosotros de otra manera, menos directa, más enigmática. La música, en tanto que secuencia, tiene un inevitable carácter narrativo que facilita el hecho de la comunicación. La pintura es una imagen hecha, está ahí, estática, mostrándonos algo en forma de interrogante. Su manera de comunicar es a través del cuestionamiento, y sin duda esto requiere mucho de quien se sitúa ante ella. Unos tres millones de personas visitan cada año el Museo del Prado de Madrid, y todos ellos se sitúan algunos minutos delante del Jardín de las Delicias, Las Meninas y las Pinturas Negras, pero ¿cuántas de esas personas entienden el lenguaje de esas obras? La inmensa carga y contenido que esas pinturas albergan en cada pincelada han sido objeto de estudio y de análisis por parte de historiadores durante siglos, son imágenes que todos hemos visto desde niños en los libros, sabemos de su importancia y conocemos la grandeza de sus autores, y sin embargo, al verlas surge en casi todos la pregunta: ¿esto qué significa?, ¿qué quiere decir?, preguntas que no nos hacemos al escuchar un concierto o una sinfonía. Un porcentaje ínfimo de la población es realmente capaz de entrar en comunicación con las obras de arte. Si esto ocurre con las pinturas más conocidas, traducidas, explicadas e interpretadas de la historia del arte, ¿qué esperanza puede tener hoy un artista de que su obra sea recibida por alguien? Sin duda, las obras de arte fracasan estrepitosamente en su intento de comunicación. O quizá sea la sociedad occidental del siglo XXI la que fracasa por reducir el arte y la cultura a la categoría de entretenimiento y de espectáculo. Los museos se han convertido en una visita turística más junto a los parques temáticos y los recorridos en autobús sin techo por la ciudad. ¿Qué sentido tiene querer batir récords de visitas a un museo? ¿Cree alguien que el arte llega a más gente porque lo vea más gente?

 

Un cuadro no es simplemente algo que vemos, es algo que experimentamos y que contiene un mensaje que queda grabado en nosotros en forma de interrogante. Las obras de arte nos hablan de la misma manera que nos susurra un sueño o nos grita una pesadilla, del mismo modo en que la contemplación de un paisaje nos recita o la mirada de un moribundo nos inquiere.

 

Nacho Ramírez